Después de la presentación de la nueva temporada en El Blog del Aficionado toca hablar de mi verano, para ir calentando motores.
Así que hoy voy a hablar de Babia.
Aspectos de la convivencia en Babia.
A buen seguro que si Clara, Fito, Lucía, Julia, Laura, Ali, Juan Carlos o Carlos paran por aquí y leen estas líneas recordarán con una sonrisa en la cara aquellas interminables partidas de “culo” que casi acaban con la mesa de madera.
Fue toda una experiencia, con lo positivo y lo negativo. Pasar doce días en compañía de un grupo tan reducido, en una casa que casi “obliga” a convivir, y en un entorno tan distinto al que estamos habituados, da para aprender muchas cosas. Creo que lo más importante es el aprendizaje a convivir con más personas, porque aunque parece una tontería puede llegar a costar un montón.
Como muestra de todo lo que dieron de sí aquellos días en Villasecino de Babia, esas partidas de cartas, esos despertares de gimnasio con las planchas al sol, los desayunos, los “joer, hoy Fito se levantó antes”, los “seguro que las chicas creen que ya nos ha hecho la pregunta”, los “¡el dos, el dos, el dos, el dos, el dos!”, los “lolololo” jugando a las cartas, las carreras dando gritos como descosidos hasta el Rober, las cañas en el Rober y las juergas (lo que dio de sí este bar), las estrellas allá arriba testigo de todo lo que ocurría, los ratos de café, las conversaciones de todo en general y de muchas cosas en concreto...
A qué fuimos a Babia.
Pues fuimos a trabajar (como lo demuestra la foto de aquí abajo… jejejeje)

No, en serio. A Villasecino de Babia fuimos a ayudar a las familias que viven allí en el campo realizando tareas agrícolas (cuidado del ganado y/o de los campos) y, salvo los días que “libramos”, ayudamos fundamentalmente en la recogida de la hierba de los prados para llevar las alpacas a los pajares.

Una tarea dura y físicamente exigente, necesaria para quien tiene que dar de comer a las vacas, y de dudosa recompensa en relación a las horas que requiere trabajar. La experiencia para mí fue en cierto sentido renovadora, me hace pensar muchas cosas.
¿Cuál es la diferencia entre los que nos quejaremos en su día porque tenemos que pagar una hipoteca con un sueldo ridículo a los 26 años, y los que han de pasar ocho horas al día (si no más) con 70 años, levantando cientos de alpacas de una veintena de kilos, para dar de comer a la vaca? Si no hay que pagar una hipoteca para tener casa donde vivir hay que dar de comer a una vaca para vivir. Al final, estilos de vida que vendrían a reducirse al mismo objetivo.
Lo más satisfactorio para los que fuimos allí –por lo menos para mí- era encontrarnos una mesa siempre dispuesta para darnos de comer o de cenar en agradecimiento a la ayuda prestada; eso, y el carácter de las personas a quienes ayudamos, porque no tuvieron ni un mal gesto, ni una mala palabra, hacia nosotros, cuadrilla de ignorantes en materia agrícola que aprendimos todo lo que sabemos ahora en esos breves días que estuvimos allí.
Apartado aparte para el paisaje.
El entorno es, sencillamente, espectacular. En la imagen inferior, una imagen general de Villasecino de Babia desde el “Pico de la Cigüeña”.
Los valles babianos se entremezclan con las estribaciones leonesas de la Cordillera Cantábrica.
El Peña Ubiña (en la imagen superior) reina en silencio y majestuoso un paisaje de tonos verdosos, en donde las cumbres escarpadas dejan paso a los largos valles para ver, allá al horizonte, la extensa meseta castellano-leonesa.
En la imagen, la “Laguna de Babia”.
Como documento videográfico (muy breve) podéis presenciar algunos instantes del día que subimos un tramo de Puerto Ventana en este enlace.
Sin duda, Babia en su conjunto (y todo el territorio que le rodea) es una zona con un gran atractivo para los turistas montañeros, amantes del senderismo tanto de media como de alta montaña.
En resumen…
… y como escribí de forma resumida y clara al terminar esa experiencia en julio:
“En un recóndito paraje del norte de España, muy cerca de la cordillera Cantábrica se esconde un tesoro llamado Babia.
En Babia pude quedarme asombrado, me sentí pequeño ante la belleza de un paisaje inigualable.
Y, lo más importante de todo, en Babia tuve la oportunidad de aprender, disfrutar, compartir y conocer, tanto a quienes convivían conmigo como a las familias que humildemente nos acogieron”