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22 de junio de 2025

La emoción de un ascenso

El mes de junio en la vida de una persona suele venir marcado por una serie de momentos más o menos importantes; desde los exámenes finales hasta la declaración de la renta para los que llegan un poco tarde, pasando por el final de curso y por supuesto el principio del verano. Nos guste o no, la llegada de la estación estival nos invita a soñar con tardes de sol que quisiéramos que duraran para siempre.

Con esos anhelos de eternidad, el calendario deportivo ofrece, cuando el destino alinea los planetas, momentos que nos acompañarán el resto de nuestras vidas. El Oviedo, nuestro Oviedín, subió a Primera anoche. Al acabar un partido que pude seguir desde Niza por la radio, pensaba en algunas cosas que tienen muy poco que ver con el fútbol y mucho con emociones que espero queden grabadas en la mente de muchos.

Recordé, claro que sí, aquellas noches de universidad al terminar los exámenes de junio. Recordé esas épocas en que se construyen lazos que duran años, pese a la distancia. Recordé con cariño aquellos domingos de baloncesto yendo a ver al otro Oviedo, y todas esas tardes -porque fueron muchas- en las que vi a tanta gente ir al Tartiere, con humilde terquedad, en Segunda, en Segunda B, en Tercera, daba igual. Allá iban, contra el frío, contra viento y marea, pese a los descensos, las deudas y las dudas.

Al mismo tiempo pensé, con mucha emoción, en esos chavales que, sin haber conocido otra cosa, habrán crecido escuchando en infinitas ocasiones las historias sobre los héroes de antaño, los días del viejo Tartiere, el otro fútbol, la crisis, el descenso y los años de vacío. Pensé en todos esos niños que agitaban la bandera del Oviedo por la calle y que recordarán esta noche durante el resto de su vida, pase lo que pase a partir de ahora.

Pensé, también, en esas parejas que habrán sellado su amor con la bendita excusa de la victoria del Oviedo. A lo mejor, en un futuro, el recuerdo de la noche de ayer ayuda a resolver las dudas y los interrogantes que el día a día se empeña a veces en imponer.

Me alegré pensando que vamos a volver a ver al Real Oviedo en Primera. Pero sobre todo, me emocioné pensando en todas esas personas que, gracias a la noche de ayer, recordarán dentro de diez, quince o veinte años dónde estaban y sobre todo con quién estaban la noche en que el Real Oviedo volvió.

Porque a veces, una noche de junio desde el otro lado de los Pirineos, es bueno recordar momentos preciados que pasaron más o menos desapercibidos cuando se produjeron y que, veinte años después, nos siguen dando razones para brindar con una buena cerveza junto a nuestros seres más queridos.

La importancia del hecho en sí es discutible. Sin embargo, el valor de ese momento y de quienes estuvieron a nuestro lado para compartirlo, es infinito.

2 de febrero de 2016

Ir a Casa de Satur

El pasado 22 de enero tocó cerrar un capítulo en memoria de una de esas historias humanas que no dejan indiferente a quienes han tenido la fortuna de disfrutarlas. Hay que despedirse de una buena persona, carismática y profesional, que nos dejó.

Saturnino González Antón, Satur, fue durante mucho tiempo el maître de Casa Conrado, conocidísimo restaurante de Oviedo. Redactando esta necrológica y buscando escapar de tópicos, estaba pensando en los recuerdos que me vienen a la mente al pensar en él.

Si hay una imagen que viene a mi cabeza pensando en Satur, creo que la constancia es la primera que aparece. Siempre sonriente, siempre firme, siempre ahí. Probablemente lo hacía, pero no recuerdo oírle quejarse ni protestar. Como la imagen de un hostelero modelo. Porque él era un hostelero modelo. Y si no, que se lo pregunten a quienes trabajaron con él y a quienes tuvimos el privilegio de verle trabajar.

Satur era divertido presentando los platos. Le gustaba lo que hacía y seguramente por eso era bueno, buenísimo haciéndolo. Se trataba de una persona carismática, capaz de convencer a los más pequeños de la casa para ser del Barça; a decir verdad nunca tuve muy claro si era su carisma o la amenaza de meternos en el horno la que lo conseguía, pero eso, a día de hoy, tiene poca importancia.

Y además era buena persona, por multitud de detalles que todos los que le conocían percibían. Siempre atento, siempre amable, siempre ahí. Supongo que por todo ello, cuando era pequeño, Casa Conrado no era tal para mí sino casa de Satur. Misterios inexplicables del cerebro de un niño.

El descoloque inicial deja paso a la amargura que la vida deja en el camino tantas veces. Satur, el bueno de Satur, se nos ha ido. Que su recuerdo, su ejemplo y su figura permanezcan imborrables en nuestra memoria.