15 de mayo de 2017

Del vacío emocional de Djokovic a un "burnout" y la necesidad de relativizar

Durante el torneo Masters 1000 de tenis disputado la semana pasada en Madrid, el periodista Javier Martínez realizó una breve entrevista a Novak Djokovic para el diario El Mundo.

En ella, el tenista serbio repasa brevemente su actual momento de transición, y pronuncia una frase que me ha llamado particularmente la atención: "Tras París y Estados Unidos (la temporada pasada, 2016) me quedé emocionalmente vacío"

Al margen de otras reflexiones que podríamos hacer sobre la vida de un tenista de élite a partir de las declaraciones de Djokovic, me quedo con ese vacío emocional que él mismo reconoce haber encontrado tras lograr, precisamente, un torneo que se le resistía particularmente, Roland Garros.

¿Cómo es posible que la temporada en que consiguió, por fin, completar su póker de Gran Slams, Djokovic se quedara emocionalmente vacío? Más allá del mundo del tenis de élite y del mundo del deporte en general, ¿a qué se debe ese vacío emocional tras lograr lo que uno desea?

Nótese que la expresión "quedarse emocionalmente vacío" no significa nada en sí. No significa, al menos, lo que Djokovic quiere expresar al decirlo de esta manera, pues si algo tenemos los seres humanos, son sentimientos y emociones (con la excepción de aquellos que padecen una enfermedad rara denominada Alexitimia). Otra cosa es que sepamos identificarlas. Supongo que Djokovic se refiere aquí a la falta de motivación para mejorar y seguir ganando torneos, a sentirse incapaz de ser el mejor, de ser como antes. Y puede que ello se deba a sentirse extraño consigo mismo donde antes -ganando- se encontraba como pez en el agua.

Los franceses tienen una expresión para ello: "Se sentir bien dans sa peau", o estar tranquilo con uno mismo, que es ya una emoción o un sentimiento (calma, reposo, tranquilidad) Lo contrario es también una emoción o un sentimiento (nerviosismo, agobio, tensión) Djokovic resalta la necesidad de gozar de una cierta estabilidad para desarrollar su mejor tenis. Lo mismo le ocurrió a Rafael Nadal hace un tiempo: lesiones aparte, él mismo reconocía su ansiedad en ocasiones donde anteriormente se había encontrado sereno, lo cual anulaba por completo su capacidad para ganar.

En el mundo de la empresa, y ahora que estamos tan acostumbrados a ponerle nombre a todo, se reconoce el Síndrome de Burnout como la consecuencia de largos períodos sometidos a un alto estrés. El Síndrome de Burnout puede traer consigo, entre otras cosas, una pérdida de la eficacia, una sensación de cansancio constante, ansiedad, problemas físicos (cefaleas, dolores intestinales), y una ausencia de realización personal en lo que uno hace.

La presión del circuito de la ATP en aquellos que están en la cima del tenis mundial es muy alta. No es más que el reflejo de la sociedad en que vivimos: puedes ser muy bueno, y puedes ganar, pero si no eres el mejor, y no lo eres siempre, tu vida no vale nada. Rafa y Novak parecen haberlo descubierto, aunque nadie se haya planteado enfocar el asunto de esta manera.

Quizá algún día nos demos cuenta de la presión derivada de esa constante necesidad de ser los mejores y de las consecuencias que esa exigencia produce en la salud, en la vida familiar y en el conjunto de la sociedad.


9 de abril de 2017

Un fin de ETA sin impunidad

A la gente de bien que no acepta que los asesinos pongan reglas: manifiesto publicado en la plataforma Change.org por Intelectuales y víctimas por un #FinDeEtaSinImpunidad


MANIFIESTO 
Por un fin de ETA sin impunidad

San Sebastián, 6 de abril de 2017 
El 23 de noviembre de 2010 las asociaciones de víctimas suscribieron un documento en el que pusieron las bases de un modelo de fin de ETA sin impunidad. Como dijeron entonces, está en juego la fijación o no de los principios de la Verdad, la Memoria, la Justicia y la Dignidad de las víctimas de ETA, tanto de los asesinados, como de los heridos y los familiares de todos ellos, también de los extorsionados, secuestrados y amenazados por la violencia de persecución. Y del conjunto de la sociedad en cuanto que toda ella se ha visto afectada por el fanatismo identitario de ETA. 
Nuestra sociedad no debería olvidar que en un Estado de Derecho el derecho a la justicia real no es negociable, ni relativo. El fin de ETA debe ser manejado desde los principios que inspiran el Estado de Derecho. Hoy, el anuncio por parte de la banda terrorista ETA de una entrega de armas mediática y propagandística — con una inequívoca connotación de autoblanqueo— requiere de una respuesta clara y determinada. Por un modelo de fin de ETA sin impunidad. Con ley y justicia. 
1. No al proyecto político de ETA 
Los fanáticos de la identidad nacionalista han buscado a lo largo de varias décadas destruir la pluralidad de la sociedad vasca y navarra para el cumplimiento de su delirio. Se han valido para ello de poderosos mecanismos de control comunitario, desde el amedrentamiento a la propaganda en sus múltiples formas. 
Por ello, el futuro de la sociedad vasca y navarra no puede escribirse en la estela del miedo y la autocensura generados por ETA, aunque su acción terrorista haya dejado de amenazarnos. Si así ocurre, no habrá verdad en la memoria, ni dignidad, ni justicia para sus víctimas; porque las víctimas fueron asesinadas, heridas, secuestradas, extorsionadas, vejadas o amenazadas con el objetivo de conseguir la instauración del proyecto político de ETA y anular otras ideologías. 
2. Sí a la justicia, no a la impunidad 
En un modelo de fin de ETA que llegue a tolerar diversos grados de impunidad, el pretendido apoyo a las víctimas del terrorismo se convertirá en un cruel sarcasmo, por mucho que lleguen a instalarse en los medios fórmulas retóricas eufemísticas tendentes a enmascararlo. Existe en una parte de la opinión pública española la tentación de pedir “generosidad” a las víctimas del terrorismo, obviando que ello implica la renuncia a legítimas reclamaciones, entre ellas la reivindicación de justicia, que es a su vez un componente de la reparación. Esta demanda es un chantaje moral, que es un tipo de microviolencia tremendamente dañino. 
3. Sí a la verdad, no a la falsificación de la historia 
Lo primero que se debe exigir a la organización terrorista, y a su trama política, es la condena de la historia de terror de ETA, de toda su historia, para garantizar que no nos encontramos con una de sus habituales jugadas puramente tácticas. De no hacerse así, uno de sus objetivos clave para el futuro será seguir utilizando su depurada capacidad propagandística para establecer que esa historia del terror ha sido una historia legítima, un sacrificio heroico por la patria; lo que añade a la impostura y la tergiversación de la verdad el escarnio a tantas familias rotas como consecuencia del empeño de llevar a cabo su proyecto totalitario. Si los responsables del daño causado no asumen su responsabilidad y no repudian la historia del terror contribuirán a relativizar nuestra memoria y verdad, como si esta fuera una versión más a añadir a un muestrario de relatos equivalentes. 
Es preciso evitar el establecimiento de un nuevo gran tabú comunitario: el de la repugnancia a escuchar la verdad del horror y sus ramificaciones en forma de violencia de persecución, extorsión o la experiencia traumática de los miles de niños que crecieron con un silencio obligado por la amenaza de muerte de sus padres. 
4. La política penitenciaria no debe convertirse en una política de gracia 
Una política penitenciaria que llegue a basarse en la excarcelación anticipada de presos juzgados y sentenciados, enmascarándolo en una aplicación laxa de la progresión de grados u otras medidas similares, supondría una forma de impunidad. Firmar interesadamente, a cambio de una recompensa, una petición de perdón, reconocer el daño personal causado o asumir el pago de indemnizaciones pendientes que nunca se efectuará, es un fraude. Es precisa la colaboración con las autoridades en el esclarecimiento de cientos de crímenes sin resolver, tal y como indica la ley. El requisito de la colaboración es el único que beneficia a las víctimas y que prueba el arrepentimiento real de los criminales. La reinserción es un objetivo deseable pero conlleva un arrepentimiento cabal respecto al pasado criminal, el único medio capaz de romper la identidad entre el asesinato (el acto) y el victimario (la persona). 
5. Por un final de ETA basado en la dignidad 
Los ciudadanos y los gobiernos no han de perder la brújula moral ni política, ni sobre ETA, ni sobre el Estado de Derecho. Un final de ETA que se sostenga sobre la dignidad de sus víctimas es la deuda contraída por el Estado de Derecho y que el Gobierno debe defender. Cuando se ha aplicado el Estado de Derecho, sin trampas ni atajos, es cuando se ha conseguido el mayor debilitamiento de ETA, culpable de la mayor conculcación de derechos humanos habida en la historia reciente de España. Un final basado en la dignidad de los acosados y asesinados es aquel que se construye sobre la verdad, la memoria, la justicia y la reparación. La deslegitimación del lenguaje de ETA es, simultáneamente, una condición inexcusable para afrontar otra cuestión pendiente: El miedo y el desistimiento de una parte de la sociedad durante los años del terror. 
Comparte, y si estás de acuerdo, firma: Un fin de ETA sin impunidad

13 de febrero de 2017

Facebook NO es una red social para profesionales

Hoy en día todo el mundo está obligado invitado a formar parte de una red social. De cualquiera, en uno de sus múltiples formatos, ya sea en el entorno profesional o en el ámbito de las relaciones de amistad y de pareja.

El otro día encontré un artículo que pedía a los usuarios de LinkedIn que guardaran las formas publicando artículos y realizando comentarios procedentes y a la altura de lo esperable en una red social para profesionales. En otras palabras, que hicieran el favor de usar LinkedIn para cosas serias. Leyendo el artículo pensé en algo que estos últimos meses no he podido dejar de observar: el caso contrario al que acabo de citar, es decir, el uso abrumadoramente extendido de Facebook para fines profesionales. Desde convocatorias a reuniones hasta invitaciones a procesos de selección pasando por la creación de grupos de trabajo...

Decidí cerrar mi cuenta de Facebook el 31 de Diciembre de 2016 después de varios meses planteándomelo. Pensé que tres blogs, una dirección de correo electrónico, una cuenta en Google+, otra en Instagram y otra en LinkedIn deberían ser más que suficientes para "existir" online y facilitar que quien me busque en la red, pueda encontrarme.

Pues mi gozo en un pozo: a principios de 2017 entré a formar parte de un equipo de trabajo encargado de un proyecto para este año 2017 y, ¿adivinan qué es lo siguiente que les voy a contar? Mi vida tranquila sin Facebook (no es nada personal, señor Zuckerberg) se terminó hasta que por culpa del equipo de trabajo fui obligado invitado a crearme una cuenta. Cuando me negué la primera vez y me preguntaron por qué, aparte de porque no quería (¿ahora hay que justificarse por no tener perfil en una red social? ¿Dónde estás, Aldous Huxley?) añadí que la había cerrado por motivos personales. Cuando propuse crear un grupo de LinkedIn, o un blog privado, o un grupo con nuestras direcciones de correo, o incluso (en mi empeño por no volver al redil del señor Zuckerberg) un grupo de WhatsApp, me miraron como a un marciano diciéndome que Facebook es más cómodo porque "todo el mundo tiene una cuenta". "Pues yo no tengo", respondí en un último acto de valor.

Pero mi sentencia ya estaba escrita. La presión de la mayoría me empujó a crearme una cuenta, sencilla y que cerraré a finales de año, para no quedarme al margen de posibles avisos e informaciones importantes. Sin embargo, me empeñaré en recordar día sí y día también que Facebook NO es una red social para profesionales y que NO me parece el contexto para hablar de trabajo (a no ser que nuestro trabajo tenga relación con Facebook

Termino estas líneas con una extraña sensación: la de que si no estoy en Facebook, no existo. ¿Cuánta gente tiene una cuenta en Facebook solamente porque "todo el mundo tiene una"? Tal vez, en pleno siglo XXI Vicente sigue yendo adonde va la gente, con independencia de la naturaleza del lugar.

6 de febrero de 2017

(He was) Born to run

Hace unos días terminé de leer la autobiografía de Bruce Springsteen, "Born to Run".

‘Born To Run’ debuts on top of the New York Times Best Sellers list - BruceSpringsteen.net
Con una seductora introducción en la que el autor manifiesta claramente sus intenciones -y nadie mejor que Bruce Springsteen para dejar claras sus intenciones- nos sumergimos de lleno en la adolescencia y edad adulta del cantante de Nueva Jersey recorriendo su discografía y las peripecias que la rodean. Para acompañar el libro hay un disco a la venta que recoge algunos éxitos inéditos de las primeras bandas formadas por Bruce Springsteen. 


"Born to run", como título para su autobiografía, se convierte en una forma de ver la vida por alguien que se ha empeñado en transmitir una imagen clara de sí mismo en sus conciertos: alguien que no ha bajado los brazos, que ha creído en lo que hacía y que ha tenido éxito haciéndolo incluso -y sobre todo- cuando no tenía nada que perder. "Born to run", como título para uno de sus grandes éxitos, se convirtió en una vía de escape que Bruce Springsteen y los músicos de los que se rodeó para grabarla fueron capaces de obtener con todo su talento en ese momento en que no tenían nada que perder.

Al acabar la lectura me quedan varias sensaciones encontradas. Por una parte, no debemos olvidar que es una autobiografía, y a pesar de que Springsteen se muestra frágil y reconoce haber cometido sus errores, no evita esa sensación de "todo lo hecho tiene un sentido". Quizá forme parte también de su carácter, pero todos tomamos cientos de decisiones en la vida y las consecuencias de muchas de ellas escapan a nuestras previsiones y se deben en gran parte a la suerte -buscada, por supuesto- sea ésta buena o mala.

Por otra parte, sin embargo, el libro se convierte en el espejo donde Bruce Springsteen busca reflejarse a sí mismo. Él ama la música, se dedicó a la música porque era lo que quería hacer, y tuvo que pelear por hacerse un hueco en ella, porque aun siendo muy bueno había muchos tan buenos, mejores, o en mejor posición de salida que él -¿les suena? El pan nuestro de cada día- Así, "Born to Run" puede servir de ejemplo para aquellos que dudan si haciendo lo que quieren en la vida pueden tener éxito. Springsteen lo consiguió.

Tras la consecución de ese éxito están las lecciones de la vida que muchas veces olvidamos por el camino; este camino es en muchas ocasiones -¿siempre?- una cuestión de fe. Nadie más creerá más en nosotros que nosotros mismos; si sales ahí fuera sin creértelo, otro mejor que tú te pasará por encima. En la vida real no será fácil lograr lo que nos hemos propuesto: en nuestros sueños siempre ganamos... pero bienvenidos al mundo real. Y el amor, en este mundo real, es lo único que nos mantendrá con vida: el amor por los tuyos, por los míos, por los que estarán ahí cuando termine el día y la oscuridad de la noche nos impida continuar el camino.

Al apagarse las luces del éxito, la otra cara de la moneda es descrita por Springsteen con sinceridad. El miedo a convertirse en un padre frustrado con un carácter terrible. La fuerza de un carácter que necesitaba la carretera, los viajes, los conciertos, para contenerse. La depresión, acentuada con los años y los golpes que la vida va dando. Recuerdos perpetuos de que detrás de una cima de éxito se asoma un abismo de oscuridad... a pesar de todo.

Un buen libro para acompañar un café invernal, de lectura fácil, que recoge anécdotas curiosas para los fans de Bruce Springsteen. Por casualidad termino estas líneas justo después de ver "Walk the line", la película sobre la vida de Johnny Cash protagonizada por Joachim Phoenix y Reese Witherspoon. Dentro de unos cuantos años, cuando el Boss nos deje, me apuesto unas cuantas cervezas a que podremos disfrutar de una película sobre su vida. Hasta entonces...


"Together Wendy we could live with the sadness
I love you with all the madness in my soul..."

29 de enero de 2017

El caso (Mel)bourne

Nada menos que ocho años han pasado desde aquella última final que Rafael Nadal y Roger Federer habían disputado en la Rod Laver Arena. Por aquí también lo vivimos y aquí pueden leer lo que el entonces más joven autor de este blog dijo al respecto.

Ocho años después, el mismo escenario presentaba a los mismos protagonistas.



Alexander Zverev fue un durísimo rival en tercera ronda; Gaël Monfils tuvo su turno en octavos; Milos Raonic fue el rival en cuartos y Grigor Dimitrov en semifinales. Protagonistas todos del camino que Rafael Nadal recorrió hasta encontrarse de nuevo -¡por fin!- en una final de Grand Slam. En total, casi 19 horas de juego, una semana de partidos épicos, los necesarios para lograrlo.

Thomas Berdych fue el rival de tercera ronda, alejado hace tiempo de las fases finales; Kei Nishikori forzó los cinco sets en octavos pero no fue suficiente; Zverev, Mischa no se confundan con Alexander, no fue rival en cuartos y Stanislas Wawrinka, en semifinales, despertó tarde para alejar a Roger Federer del sueño de regresar a una nueva final de Grand Slam. En total, fueron casi 14 horas de juego las del suizo para llegar vivo hasta el día de la gran final.

Como si los astros se hubieran alineado en curiosa posición, Rafael Nadal y Roger Federer se encontraban de nuevo frente a frente, dando la sorpresa en un torneo que se quedó pronto sin los principales cabezas de serie.

Entonces el mundo del tenis entró en una especie de trance. La final entre Venus y Serena Williams no fue sino otro argumento más que alimentó los artículos deportivos, donde casi se podían encontrar más referencias a los viajes en el tiempo que en una película de Regreso al Futuro. Se estaba viviendo un auténtico viaje hacia un lugar que creíamos perdido y un tiempo que creíamos olvidado. De repente, se reeditaban las conversaciones que aliviaron el hastío después de una clase de contabilidad o la decepción después de un suspenso en microeconomía.

El sueño de poder viajar atrás en el tiempo y desempolvar viejos recuerdos terminó con una victoria, esta vez de Federer. Tres horas y media son pocas para resumir una rivalidad legendaria entre dos estilos únicos e irrepetibles. Una lucha entre dos rivales de leyenda, en torno a la que se han construido amistades y estrechado lazos. Quién sabe si esta será la última vez que se enfrentan. De serlo, fue un duelo que estuvo a la altura.



Cuando terminó el partido y apagué el ordenador, por unas horas pensé que estábamos de nuevo en 2009. Fueron quizás los servicios inalcanzables de Federer. O los ganadores imposibles de Nadal. O los reveses cruzados del suizo. O la fe inquebrantable de nuestro Rafa. Fue todo eso, fue como en 2009, y como en 2017, y como todo a la vez. Como si por un instante hubiésemos vuelto atrás, y eso nos hubiera permitido encontrar algo en nosotros mismos que habíamos echado tanto de menos.


Who will rise ?It would be so nice to hear you say"Thank you for the good times"Before the good times fly away
                                      OASIS - Thank you for the good times

12 de enero de 2017

Star Wars: despertar y crecer...

(Esta historia contiene detalles de la trama, incluida la de Rogue One: Una Historia de Star Wars)


Fui al cine a ver Rogue One. Al terminar la película tuve dos impresiones contrapuestas.

Por un lado recordé la sensación que tuve al ver el tráiler de El Despertar de la Fuerza poco antes de su estreno. Recuerdo cómo se me pusieron los pelos de punta al ver que los Ala X volaban de nuevo a velocidad de vértigo. Aquel tráiler me devolvió atrás en el tiempo, a aquel irrepetible momento en que fui a ver por primera vez Una Nueva Esperanza, en algún cine de Madrid con mis tíos, con ocasión de la reedición y reestreno de la trilogía original en los 90.


Las expectativas que aquel tráiler despertó en mí fueron muchas, demasiadas cuando me acuerdo de la sensación que me quedó al terminar la película. La película me había gustado porque La Guerra de las Galaxias me gusta en cualquiera de sus versiones; cómics, videojuegos, juegos de mesa, juguetes, bandas sonoras, series, películas. Pero, en sí, me quedó una especie de vacío, una rara sensación mezcla de indiferencia y necesidad de volver a ver la película para encontrar lo que me había perdido.


Así que meses después volví a ver El Despertar de la Fuerza, ajustando las expectativas y olvidando toda posibilidad de que fuera capaz de hacerme sentir lo que las películas originales consiguieron. No enganché con los protagonistas -¿de verdad podemos aprender a manejar el alma sagrada de los Jedi en apenas unos minutos?- no me gustó el Nuevo Yoda -¿de verdad había que poner a un Nuevo Yoda?- la muerte de Han Solo me pareció una frívola salida de pata de banco para uno de los personajes más emblemáticos de la historia del cine de aventuras -¿cómo se puede pillar en tal renuncio a un cazarrecompensas de la talla de Solo?- y el malo tiene cara de adolescente con problemas de conducta -empezamos deteniendo disparos láseres y luego somos incapaces de pelear contra un novato...-

Por otro lado recordaba el cuadro clínico que traía yo cuando me senté a ver el tráiler de Rogue One. Lo hice con la curiosidad de ver cómo retrataba la factoría Disney algo que tantas veces había imaginado de pequeño, ver al Imperio construyendo su arma total y definitiva (y estoy seguro de que no fui el único) Curiosidad aparte, mi maleta de expectativas iba, a consecuencia de lo antes descrito, vacía, incluso después de ver el tráiler.


Quizá por eso disfruté de los últimos tres cuartos de hora de película como un niño. Me gustó, particularmente, el momento en que la película se convierte en un homenaje -buscado o no- a esas películas de guerra que nos narran una misión de infiltración con probabilidades nulas de supervivencia para los protagonistas. Los héroes de esta historia son de carne y hueso -mejor o peor interpretados, mejor o peor desarrollados- y se vuelven tanto más vulnerables cuanto más avanza la película. Después de un principio lento, tedioso y aburrido que no me gustó nada, la película entra en acción. Tanto, que no se salva ni el apuntador -y por fin, varias películas después, los protagonistas vuelven a ser vulnerables-



Creo que es una película divertida, aunque pienso que una hora y media habría sido mucho más que suficiente para contar la historia. Aun así salí del cine reconfortado con un final emocionante y entretenido -me da igual que los protagonistas no pegasen juntos, ya están muertos-. 

Lo irónico del asunto, pensé mientras salía del cine al frío del invierno, es que no sé por dónde van a salir para estirar el chicle de las otras dos películas que faltan para terminar la nueva trilogía. Pienso que tal vez la historia está demasiado estirada. Estoy convencido de que se han querido contar tantos detalles que, algún día, perderemos el interés por conocerlos. La historia original es, y será, la única original. Y como tantas otras sagas de cine, de música, y de cualquier obra de arte, los intentos por prolongarla no suelen salir bien, y cuando se quiere prolongar demasiado, se suele fracasar.


Claro que, entre otras cosas, para eso tenemos los DVD's, ¿no? Podemos disfrutar de aquel espectáculo como si lo estuviéramos viendo por primera vez. La vida se vive hacia adelante, hay cosas, momentos y sensaciones que son irrepetibles, y si no lo olvidamos... la Fuerza estará con nosotros, quizás y pese a todo, para siempre.


8 de enero de 2017

Felices Reyes

Ayer terminaban las Navidades, mientras los más pequeños disfrutan de los presentes que sus Majestades han tenido a bien ofrecer, y los no tan pequeños se enfrentan ahora a la siempre dura cuesta de enero.
Listo para escribir
Este bendito blog, otrora conocido como El Blog del Aficionado, cumplió diez años el pasado 1 de Mayo. Esa fecha pasó sin pena ni gloria, por circunstancias personales y profesionales -las mismas que me han llevado a no escribir tan a menudo como querría y como antes- así que me he propuesto que el año 2017 retomaré la sana tradición de escribir (comparto de vez en cuando mis apuntes profesionales en Hotels by Javier, pero no es un rincón tan familiar como este)

Estamos apenas empezando nuestro nuevo año, 2017, y tenemos por delante unos meses de lo más interesante; la guerra en Siria va a continuar hasta que de Alepo no quede más que el nombre -pero ya entraré en detalles otro día-, Donald Trump será investido presidente el próximo día 20 -y de la distribución de marihuana dicho día, ya hablaremos más tranquilamente en otro momento-, en Francia tenemos las primarias de la izquierda como aperitivo de las Generales en mayo -más adelante, repasaremos los detalles-, y en España... exacto, lo habéis adivinado. De España ya hablaremos en otra ocasión.

Vientos nuevos en mi blog personal, que cambia de nombre por uno más concreto y menos ambicioso. Creo que no hay mejor homenaje a los diez años que continuar escribiendo, de vez en cuando. Por otros diez años más, contra viento y marea.


Han venido de muy lejos, han esperado tanto
Para terminar prisioneros de un sueño en que todo va mal
En el que la oscuridad de la noche atrapa la luz del día
Y tienes que resistir y luchar por el precio que pagas
                                    (Bruce Springsteen - The Price you Pay)

19 de agosto de 2016

Ocho años después, otra vez, frente a Estados Unidos

2008 tuvo un verano singular, con ese punto rocambolesco que no debe faltar en todas las historias de verano que permanecen para siempre en nuestra memoria. 

Los Juegos Olímpicos de Pekín habían empezado en plena efervescencia del deporte español. La Selección Española de fútbol había ganado la Eurocopa; Rafael Nadal ganaba su tercer Roland Garros y acababa de lograr su primer Wimbledon; Alberto Contador ganaba el Tour de Francia; y el diario deportivo francés “L’Équipe” titulaba “España en estado de gracia”. Días de gloria en los que hasta nuestros vecinos del norte se quitaban el sombrero. 

En baloncesto masculino, esos locos bajitos que en el Mundial de Japón de 2006 habían roto la barrera de lo imposible, iban entrenados por Aíto Gª Reneses y acababan de dar la bienvenida a Ricky Rubio, entre otros. Raúl López había vuelto merecidamente a la Selección y también estaba por allí Carlos Jiménez, en la que sería una de sus últimas participaciones con la Selección. 

Aquel equipo ya daba muestras de madurez tras la explosión de 2006, y administrando sus recursos llegó a la final. Una nueva final Olímpica, la primera después de Los Ángeles ‘84. Había habido que esperar 24 años para volver, y en un escenario diferente el rival era sin embargo el mismo: Estados Unidos. La final era ya de por sí un premio a una de las mejores generaciones del baloncesto español – ¿la mejor, quizás?. La dimensión de aquel partido fue tal que ocho años después, de memoria, no recuerdo apenas ningún otro partido de baloncesto de aquella Olimpiada. 

Después de ocho años de peripecias europeas, mundiales y olímpicas, estamos a escasas horas de volver a enfrentarnos a Estados Unidos. Otra vez, pues la final de Pekín 2008 se repitió en Londres 2012. Mismo rival, escenario diferente, y un pequeño cambio en el guión: nos vemos en semifinales en esta ocasión. Es tal vez un buen momento para ver de dónde venimos, lo que hemos hecho y tal vez, lo que nos queda aún por hacer. Confiando en que ese pequeño cambio en el guión pueda también, y por qué no, traer un cambio al final de la historia que todos conocemos.

Es inútil preguntarse cuándo esta generación dejará de darnos sustos (como en 2014) y alegres sorpresas (como en 2015). Algunos – yo el primero- pensamos que aquella eliminación en los cuartos de final del Mundial que se celebró en España en 2014 había sido el final. Lo vivido el año pasado nos cerró la boca. Así que es imposible saber si hoy será una de las últimas ocasiones en que veamos a algunos jugadores vestir la camiseta de España. Sea como fuere, no debemos olvidar que el tiempo no pasa en vano, y que para ellos, como para nosotros, ocho años han dado para vivir y dejar atrás muchas cosas.

Ocho años después, Estados Unidos vuelve a cruzarse en el camino del baloncesto español masculino. Y aquí estamos, los que quedamos, bandera en mano, preparando el corazón para las emociones de un nuevo partido del que la historia del baloncesto hablará, sin duda alguna.