13 de febrero de 2017

Facebook NO es una red social para profesionales

Hoy en día todo el mundo está obligado invitado a formar parte de una red social. De cualquiera, en uno de sus múltiples formatos, ya sea en el entorno profesional o en el ámbito de las relaciones de amistad y de pareja.

El otro día encontré un artículo que pedía a los usuarios de LinkedIn que guardaran las formas publicando artículos y realizando comentarios procedentes y a la altura de lo esperable en una red social para profesionales. En otras palabras, que hicieran el favor de usar LinkedIn para cosas serias. Leyendo el artículo pensé en algo que estos últimos meses no he podido dejar de observar: el caso contrario al que acabo de citar, es decir, el uso abrumadoramente extendido de Facebook para fines profesionales. Desde convocatorias a reuniones hasta invitaciones a procesos de selección pasando por la creación de grupos de trabajo...

Decidí cerrar mi cuenta de Facebook el 31 de Diciembre de 2016 después de varios meses planteándomelo. Pensé que tres blogs, una dirección de correo electrónico, una cuenta en Google+, otra en Instagram y otra en LinkedIn deberían ser más que suficientes para "existir" online y facilitar que quien me busque en la red, pueda encontrarme.

Pues mi gozo en un pozo: a principios de 2017 entré a formar parte de un equipo de trabajo encargado de un proyecto para este año 2017 y, ¿adivinan qué es lo siguiente que les voy a contar? Mi vida tranquila sin Facebook (no es nada personal, señor Zuckerberg) se terminó hasta que por culpa del equipo de trabajo fui obligado invitado a crearme una cuenta. Cuando me negué la primera vez y me preguntaron por qué, aparte de porque no quería (¿ahora hay que justificarse por no tener perfil en una red social? ¿Dónde estás, Aldous Huxley?) añadí que la había cerrado por motivos personales. Cuando propuse crear un grupo de LinkedIn, o un blog privado, o un grupo con nuestras direcciones de correo, o incluso (en mi empeño por no volver al redil del señor Zuckerberg) un grupo de WhatsApp, me miraron como a un marciano diciéndome que Facebook es más cómodo porque "todo el mundo tiene una cuenta". "Pues yo no tengo", respondí en un último acto de valor.

Pero mi sentencia ya estaba escrita. La presión de la mayoría me empujó a crearme una cuenta, sencilla y que cerraré a finales de año, para no quedarme al margen de posibles avisos e informaciones importantes. Sin embargo, me empeñaré en recordar día sí y día también que Facebook NO es una red social para profesionales y que NO me parece el contexto para hablar de trabajo (a no ser que nuestro trabajo tenga relación con Facebook

Termino estas líneas con una extraña sensación: la de que si no estoy en Facebook, no existo. ¿Cuánta gente tiene una cuenta en Facebook solamente porque "todo el mundo tiene una"? Tal vez, en pleno siglo XXI Vicente sigue yendo adonde va la gente, con independencia de la naturaleza del lugar.

6 de febrero de 2017

(He was) Born to run

Hace unos días terminé de leer la autobiografía de Bruce Springsteen, "Born to Run".

‘Born To Run’ debuts on top of the New York Times Best Sellers list - BruceSpringsteen.net
Con una seductora introducción en la que el autor manifiesta claramente sus intenciones -y nadie mejor que Bruce Springsteen para dejar claras sus intenciones- nos sumergimos de lleno en la adolescencia y edad adulta del cantante de Nueva Jersey recorriendo su discografía y las peripecias que la rodean. Para acompañar el libro hay un disco a la venta que recoge algunos éxitos inéditos de las primeras bandas formadas por Bruce Springsteen. 


"Born to run", como título para su autobiografía, se convierte en una forma de ver la vida por alguien que se ha empeñado en transmitir una imagen clara de sí mismo en sus conciertos: alguien que no ha bajado los brazos, que ha creído en lo que hacía y que ha tenido éxito haciéndolo incluso -y sobre todo- cuando no tenía nada que perder. "Born to run", como título para uno de sus grandes éxitos, se convirtió en una vía de escape que Bruce Springsteen y los músicos de los que se rodeó para grabarla fueron capaces de obtener con todo su talento en ese momento en que no tenían nada que perder.

Al acabar la lectura me quedan varias sensaciones encontradas. Por una parte, no debemos olvidar que es una autobiografía, y a pesar de que Springsteen se muestra frágil y reconoce haber cometido sus errores, no evita esa sensación de "todo lo hecho tiene un sentido". Quizá forme parte también de su carácter, pero todos tomamos cientos de decisiones en la vida y las consecuencias de muchas de ellas escapan a nuestras previsiones y se deben en gran parte a la suerte -buscada, por supuesto- sea ésta buena o mala.

Por otra parte, sin embargo, el libro se convierte en el espejo donde Bruce Springsteen busca reflejarse a sí mismo. Él ama la música, se dedicó a la música porque era lo que quería hacer, y tuvo que pelear por hacerse un hueco en ella, porque aun siendo muy bueno había muchos tan buenos, mejores, o en mejor posición de salida que él -¿les suena? El pan nuestro de cada día- Así, "Born to Run" puede servir de ejemplo para aquellos que dudan si haciendo lo que quieren en la vida pueden tener éxito. Springsteen lo consiguió.

Tras la consecución de ese éxito están las lecciones de la vida que muchas veces olvidamos por el camino; este camino es en muchas ocasiones -¿siempre?- una cuestión de fe. Nadie más creerá más en nosotros que nosotros mismos; si sales ahí fuera sin creértelo, otro mejor que tú te pasará por encima. En la vida real no será fácil lograr lo que nos hemos propuesto: en nuestros sueños siempre ganamos... pero bienvenidos al mundo real. Y el amor, en este mundo real, es lo único que nos mantendrá con vida: el amor por los tuyos, por los míos, por los que estarán ahí cuando termine el día y la oscuridad de la noche nos impida continuar el camino.

Al apagarse las luces del éxito, la otra cara de la moneda es descrita por Springsteen con sinceridad. El miedo a convertirse en un padre frustrado con un carácter terrible. La fuerza de un carácter que necesitaba la carretera, los viajes, los conciertos, para contenerse. La depresión, acentuada con los años y los golpes que la vida va dando. Recuerdos perpetuos de que detrás de una cima de éxito se asoma un abismo de oscuridad... a pesar de todo.

Un buen libro para acompañar un café invernal, de lectura fácil, que recoge anécdotas curiosas para los fans de Bruce Springsteen. Por casualidad termino estas líneas justo después de ver "Walk the line", la película sobre la vida de Johnny Cash protagonizada por Joachim Phoenix y Reese Witherspoon. Dentro de unos cuantos años, cuando el Boss nos deje, me apuesto unas cuantas cervezas a que podremos disfrutar de una película sobre su vida. Hasta entonces...


"Together Wendy we could live with the sadness
I love you with all the madness in my soul..."

29 de enero de 2017

El caso (Mel)bourne

Nada menos que ocho años han pasado desde aquella última final que Rafael Nadal y Roger Federer habían disputado en la Rod Laver Arena. Por aquí también lo vivimos y aquí pueden leer lo que el entonces más joven autor de este blog dijo al respecto.

Ocho años después, el mismo escenario presentaba a los mismos protagonistas.



Alexander Zverev fue un durísimo rival en tercera ronda; Gaël Monfils tuvo su turno en octavos; Milos Raonic fue el rival en cuartos y Grigor Dimitrov en semifinales. Protagonistas todos del camino que Rafael Nadal recorrió hasta encontrarse de nuevo -¡por fin!- en una final de Grand Slam. En total, casi 19 horas de juego, una semana de partidos épicos, los necesarios para lograrlo.

Thomas Berdych fue el rival de tercera ronda, alejado hace tiempo de las fases finales; Kei Nishikori forzó los cinco sets en octavos pero no fue suficiente; Zverev, Mischa no se confundan con Alexander, no fue rival en cuartos y Stanislas Wawrinka, en semifinales, despertó tarde para alejar a Roger Federer del sueño de regresar a una nueva final de Grand Slam. En total, fueron casi 14 horas de juego las del suizo para llegar vivo hasta el día de la gran final.

Como si los astros se hubieran alineado en curiosa posición, Rafael Nadal y Roger Federer se encontraban de nuevo frente a frente, dando la sorpresa en un torneo que se quedó pronto sin los principales cabezas de serie.

Entonces el mundo del tenis entró en una especie de trance. La final entre Venus y Serena Williams no fue sino otro argumento más que alimentó los artículos deportivos, donde casi se podían encontrar más referencias a los viajes en el tiempo que en una película de Regreso al Futuro. Se estaba viviendo un auténtico viaje hacia un lugar que creíamos perdido y un tiempo que creíamos olvidado. De repente, se reeditaban las conversaciones que aliviaron el hastío después de una clase de contabilidad o la decepción después de un suspenso en microeconomía.

El sueño de poder viajar atrás en el tiempo y desempolvar viejos recuerdos terminó con una victoria, esta vez de Federer. Tres horas y media son pocas para resumir una rivalidad legendaria entre dos estilos únicos e irrepetibles. Una lucha entre dos rivales de leyenda, en torno a la que se han construido amistades y estrechado lazos. Quién sabe si esta será la última vez que se enfrentan. De serlo, fue un duelo que estuvo a la altura.



Cuando terminó el partido y apagué el ordenador, por unas horas pensé que estábamos de nuevo en 2009. Fueron quizás los servicios inalcanzables de Federer. O los ganadores imposibles de Nadal. O los reveses cruzados del suizo. O la fe inquebrantable de nuestro Rafa. Fue todo eso, fue como en 2009, y como en 2017, y como todo a la vez. Como si por un instante hubiésemos vuelto atrás, y eso nos hubiera permitido encontrar algo en nosotros mismos que habíamos echado tanto de menos.


Who will rise ?It would be so nice to hear you say"Thank you for the good times"Before the good times fly away
                                      OASIS - Thank you for the good times

12 de enero de 2017

Star Wars: despertar y crecer...

(Esta historia contiene detalles de la trama, incluida la de Rogue One: Una Historia de Star Wars)


Fui al cine a ver Rogue One. Al terminar la película tuve dos impresiones contrapuestas.

Por un lado recordé la sensación que tuve al ver el tráiler de El Despertar de la Fuerza poco antes de su estreno. Recuerdo cómo se me pusieron los pelos de punta al ver que los Ala X volaban de nuevo a velocidad de vértigo. Aquel tráiler me devolvió atrás en el tiempo, a aquel irrepetible momento en que fui a ver por primera vez Una Nueva Esperanza, en algún cine de Madrid con mis tíos, con ocasión de la reedición y reestreno de la trilogía original en los 90.


Las expectativas que aquel tráiler despertó en mí fueron muchas, demasiadas cuando me acuerdo de la sensación que me quedó al terminar la película. La película me había gustado porque La Guerra de las Galaxias me gusta en cualquiera de sus versiones; cómics, videojuegos, juegos de mesa, juguetes, bandas sonoras, series, películas. Pero, en sí, me quedó una especie de vacío, una rara sensación mezcla de indiferencia y necesidad de volver a ver la película para encontrar lo que me había perdido.


Así que meses después volví a ver El Despertar de la Fuerza, ajustando las expectativas y olvidando toda posibilidad de que fuera capaz de hacerme sentir lo que las películas originales consiguieron. No enganché con los protagonistas -¿de verdad podemos aprender a manejar el alma sagrada de los Jedi en apenas unos minutos?- no me gustó el Nuevo Yoda -¿de verdad había que poner a un Nuevo Yoda?- la muerte de Han Solo me pareció una frívola salida de pata de banco para uno de los personajes más emblemáticos de la historia del cine de aventuras -¿cómo se puede pillar en tal renuncio a un cazarrecompensas de la talla de Solo?- y el malo tiene cara de adolescente con problemas de conducta -empezamos deteniendo disparos láseres y luego somos incapaces de pelear contra un novato...-

Por otro lado recordaba el cuadro clínico que traía yo cuando me senté a ver el tráiler de Rogue One. Lo hice con la curiosidad de ver cómo retrataba la factoría Disney algo que tantas veces había imaginado de pequeño, ver al Imperio construyendo su arma total y definitiva (y estoy seguro de que no fui el único) Curiosidad aparte, mi maleta de expectativas iba, a consecuencia de lo antes descrito, vacía, incluso después de ver el tráiler.


Quizá por eso disfruté de los últimos tres cuartos de hora de película como un niño. Me gustó, particularmente, el momento en que la película se convierte en un homenaje -buscado o no- a esas películas de guerra que nos narran una misión de infiltración con probabilidades nulas de supervivencia para los protagonistas. Los héroes de esta historia son de carne y hueso -mejor o peor interpretados, mejor o peor desarrollados- y se vuelven tanto más vulnerables cuanto más avanza la película. Después de un principio lento, tedioso y aburrido que no me gustó nada, la película entra en acción. Tanto, que no se salva ni el apuntador -y por fin, varias películas después, los protagonistas vuelven a ser vulnerables-



Creo que es una película divertida, aunque pienso que una hora y media habría sido mucho más que suficiente para contar la historia. Aun así salí del cine reconfortado con un final emocionante y entretenido -me da igual que los protagonistas no pegasen juntos, ya están muertos-. 

Lo irónico del asunto, pensé mientras salía del cine al frío del invierno, es que no sé por dónde van a salir para estirar el chicle de las otras dos películas que faltan para terminar la nueva trilogía. Pienso que tal vez la historia está demasiado estirada. Estoy convencido de que se han querido contar tantos detalles que, algún día, perderemos el interés por conocerlos. La historia original es, y será, la única original. Y como tantas otras sagas de cine, de música, y de cualquier obra de arte, los intentos por prolongarla no suelen salir bien, y cuando se quiere prolongar demasiado, se suele fracasar.


Claro que, entre otras cosas, para eso tenemos los DVD's, ¿no? Podemos disfrutar de aquel espectáculo como si lo estuviéramos viendo por primera vez. La vida se vive hacia adelante, hay cosas, momentos y sensaciones que son irrepetibles, y si no lo olvidamos... la Fuerza estará con nosotros, quizás y pese a todo, para siempre.


8 de enero de 2017

Felices Reyes

Ayer terminaban las Navidades, mientras los más pequeños disfrutan de los presentes que sus Majestades han tenido a bien ofrecer, y los no tan pequeños se enfrentan ahora a la siempre dura cuesta de enero.
Listo para escribir
Este bendito blog, otrora conocido como El Blog del Aficionado, cumplió diez años el pasado 1 de Mayo. Esa fecha pasó sin pena ni gloria, por circunstancias personales y profesionales -las mismas que me han llevado a no escribir tan a menudo como querría y como antes- así que me he propuesto que el año 2017 retomaré la sana tradición de escribir (comparto de vez en cuando mis apuntes profesionales en Hotels by Javier, pero no es un rincón tan familiar como este)

Estamos apenas empezando nuestro nuevo año, 2017, y tenemos por delante unos meses de lo más interesante; la guerra en Siria va a continuar hasta que de Alepo no quede más que el nombre -pero ya entraré en detalles otro día-, Donald Trump será investido presidente el próximo día 20 -y de la distribución de marihuana dicho día, ya hablaremos más tranquilamente en otro momento-, en Francia tenemos las primarias de la izquierda como aperitivo de las Generales en mayo -más adelante, repasaremos los detalles-, y en España... exacto, lo habéis adivinado. De España ya hablaremos en otra ocasión.

Vientos nuevos en mi blog personal, que cambia de nombre por uno más concreto y menos ambicioso. Creo que no hay mejor homenaje a los diez años que continuar escribiendo, de vez en cuando. Por otros diez años más, contra viento y marea.


Han venido de muy lejos, han esperado tanto
Para terminar prisioneros de un sueño en que todo va mal
En el que la oscuridad de la noche atrapa la luz del día
Y tienes que resistir y luchar por el precio que pagas
                                    (Bruce Springsteen - The Price you Pay)

19 de agosto de 2016

Ocho años después, otra vez, frente a Estados Unidos

2008 tuvo un verano singular, con ese punto rocambolesco que no debe faltar en todas las historias de verano que permanecen para siempre en nuestra memoria. 

Los Juegos Olímpicos de Pekín habían empezado en plena efervescencia del deporte español. La Selección Española de fútbol había ganado la Eurocopa; Rafael Nadal ganaba su tercer Roland Garros y acababa de lograr su primer Wimbledon; Alberto Contador ganaba el Tour de Francia; y el diario deportivo francés “L’Équipe” titulaba “España en estado de gracia”. Días de gloria en los que hasta nuestros vecinos del norte se quitaban el sombrero. 

En baloncesto masculino, esos locos bajitos que en el Mundial de Japón de 2006 habían roto la barrera de lo imposible, iban entrenados por Aíto Gª Reneses y acababan de dar la bienvenida a Ricky Rubio, entre otros. Raúl López había vuelto merecidamente a la Selección y también estaba por allí Carlos Jiménez, en la que sería una de sus últimas participaciones con la Selección. 

Aquel equipo ya daba muestras de madurez tras la explosión de 2006, y administrando sus recursos llegó a la final. Una nueva final Olímpica, la primera después de Los Ángeles ‘84. Había habido que esperar 24 años para volver, y en un escenario diferente el rival era sin embargo el mismo: Estados Unidos. La final era ya de por sí un premio a una de las mejores generaciones del baloncesto español – ¿la mejor, quizás?. La dimensión de aquel partido fue tal que ocho años después, de memoria, no recuerdo apenas ningún otro partido de baloncesto de aquella Olimpiada. 

Después de ocho años de peripecias europeas, mundiales y olímpicas, estamos a escasas horas de volver a enfrentarnos a Estados Unidos. Otra vez, pues la final de Pekín 2008 se repitió en Londres 2012. Mismo rival, escenario diferente, y un pequeño cambio en el guión: nos vemos en semifinales en esta ocasión. Es tal vez un buen momento para ver de dónde venimos, lo que hemos hecho y tal vez, lo que nos queda aún por hacer. Confiando en que ese pequeño cambio en el guión pueda también, y por qué no, traer un cambio al final de la historia que todos conocemos.

Es inútil preguntarse cuándo esta generación dejará de darnos sustos (como en 2014) y alegres sorpresas (como en 2015). Algunos – yo el primero- pensamos que aquella eliminación en los cuartos de final del Mundial que se celebró en España en 2014 había sido el final. Lo vivido el año pasado nos cerró la boca. Así que es imposible saber si hoy será una de las últimas ocasiones en que veamos a algunos jugadores vestir la camiseta de España. Sea como fuere, no debemos olvidar que el tiempo no pasa en vano, y que para ellos, como para nosotros, ocho años han dado para vivir y dejar atrás muchas cosas.

Ocho años después, Estados Unidos vuelve a cruzarse en el camino del baloncesto español masculino. Y aquí estamos, los que quedamos, bandera en mano, preparando el corazón para las emociones de un nuevo partido del que la historia del baloncesto hablará, sin duda alguna.

12 de junio de 2015

Volver a la isla Nublar…

No pudimos esperar más para ir a ver el estreno de Jurassic World. Aquí en Francia se estrenaba dos días antes que en España, y decidimos darle una oportunidad a la reapertura del parque temático que una vez soñó el multimillonario John Hammond.

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La película se convierte en una oportunidad para revivir el momento en el que vimos abrirse las puertas de Parque Jurásico por primera vez. Y lo hacemos a través de la mampara impoluta de un futurista monorraíl que atraviesa una puerta que esta vez reza “Jurassic World”.

El viaje en ese monorraíl nos obligará a recordar con no poca nostalgia la primera vez que nos asomamos a esa locura de parque que no había reparado en gastos. No hay elección: el gracioso personaje que representaba la cadena de ADN en la película original aparece en una moderna pantalla táctil; un encargado de seguridad osa llevar una camiseta con el logo del antiguo parque, llevándose así la bronca de la directora de Jurassic World; los niños encuentran el antiguo habitáculo donde estaban los jeeps, el merchandising, los prismáticos “que pesan luego son caros”…

… pero en la isla ya nada es igual

Vaya por delante que la película no figura entre mis aspirantes a película del siglo, ni mucho menos creo que esa sea la intención de los directores y productores. Se trata, seguramente, de una película de aventura y ciencia ficción destinada a entretener; dicho esto, entiendo a quienes consideren un poco excesivo ponerse a hacer una reflexión tan profunda como la que me dispongo a realizar a partir de ella.

Resulta que el recuerdo al que nos obliga el film carece de ciertos elementos que ayudaron a construir una aureola en torno a la película original. No es que esto sea excesivamente grave, puesto que ambas películas pueden entenderse por separado. Sin embargo, sí es un problema cuando la intención de la película es darle una continuidad a lo ocurrido en Jurassic Park hace veinte años.

Los personajes son de una planitud extrema y carecen de cualquier desarrollo emocional a lo largo del film. Se producen diálogos un poco absurdos que nada tienen que ver con la película (¿A qué vienen las lágrimas del crío sobre la posible separación de los padres? Yo he venido a ver dinosaurios, no dramas familiares; alguien debía haberle dicho al guionista si estaba a Rolex o a setas)

Los chistes son a menudo forzados, se producen en momentos en que cortan la tensión cuando ésta llega a producirse mínimamente (¿Alguien puede explicarme ese empeño por hacer pasar por estúpido al único pobre encargado de seguridad que tiene las santas narices de llamar a la directora del parque para contarle que, básicamente, se está yendo todo al carajo?)

En cuanto a los dinosaurios, podemos decir que son una maravilla visual. Pero, ¿no lo eran ya en 1993? Estupendo. Ah, que resulta que ahora hay uno más fuerte que el resto, más “inteligente”, que “mata por el simple gusto de matar” (que puede ser, no digo que no, al fin y al cabo es su guion, ¡sus normas!) Pero además, son capaces de ponerse de acuerdo y negociar la Alianza Jurásica: no sé si les habrá gustado la película o no pero me reconocerán que la escena en la que el Tiranosaurio Rex y el Velociraptor se miran como Tom y Jerry firmando una falsa tregua es lo opuesto a lo que nos hemos imaginado alguna vez de críos como escena jurásica.

Me parece que el desarrollo del guion está “estresado” por dos detalles fundamentales: no hemos tenido tiempo de conocer a los personajes humanos y ya estamos viendo dinosaurios por todas partes: en las estanterías, en las tiendas, en las atracciones, por doquier. Dinosaurios, dinosaurios, dinosaurios. Creo que la explicación de cómo se “hacen” los dinosaurios viene con pinzas; aquellos que no vieron la película original son capaces de creerse que se crean gracias a una app del iPhone, vista la explicación de la directora del parque.

En resumen, a pesar de la intención que la publicidad había hecho por presentar la película como un vínculo entre ésta y la original, existen varios elementos como los que he presentado más arriba que las diferencian y que dejan, en mi opinión, en mucho mejor lugar a la película original.Infomania-Jurassic-Park-007

Eché mucho de menos el grupo de muy diferentes personas que visitaba el parque original y que aportaba muy distintos puntos de vista en cada situación. Los chistes me hicieron reír porque uno está relajado pero luego pensé que habría preferido ironías más sutiles. Salí del cine cansado de tanto correr y preguntándome por qué demonios nos ha entrado esa manía de humanizar a las bestias (sí, ya habréis notado que me llegó al alma la escena final del Tiranosaurio y el Velociraptor)

Y nada más. Jurassic World mira demasiado hacia atrás buscando sorprender como en su día lo hizo Jurassic Park. Y la película, floja, con un final más que mediocre, viene a demostrar que no se puede utilizar una receta de peor calidad esperando obtener el mismo resultado.

Apartado para la música de la película

Jurassic World ofrece una banda sonora mediocre con algunos temas interesantes del siempre original Michael Giaccino. Y sin embargo, John Williams aceptó que usaran su tema para la película.

En 1993, en plena era de desarrollo de los efectos visuales, John Williams compuso la que para mí es una de las mejores oberturas de la historia de la música de cine reciente. La cuerda en directo cuando interpreta esta composición pone los pelos de punta porque es de una belleza singular que tal vez aquellos que saben más de música que yo puedan describir con más técnica que pasión.

Williams dedicó su tema principal a los dinosaurios. Porque de esto va esta película: de dinosaurios. Por eso ese tema sonaba cuando veíamos, por primera vez, aquel enorme Brachiosaurus, y sonaba, entre otros momentos, cuando el Tiranosaurio Rex se peleaba con los Velociraptores y el letrero “Cuando los dinosaurios dominaban la Tierra” caía lentamente, removiéndonos el cuerpo de arriba abajo.

Bien, pues por no sé muy bien qué razón, Jurassic World y Michael Giaccino, o éste último con permiso de John Williams, o no sé quién pero alguien en concreto ha decidido que se podía hacer un copia pega. Que yo respeto mucho el copia-pega, musicalmente hablando se ha hecho muchas veces. Pero demonios… que se podía hacer bien. Que se podía dedicar el tema a los dinosaurios igualmente; pero es que Jurassic World se atreve a dedicar la melodía de John Williams para presentar a los dos hermanos jugando en el tren (guau, un tren -¡PERO ES QUE LO QUE YO QUIERO VER SON DINOSAURIOS!-) y para mostrar la enorme piscina del nuevo parque. Genial.

Todo el inigualable talento musical de la película original a la basura. Y con ello, la mayoría de esperanzas de que la película estuviera a la altura.

"Mirad lo que pienso yo de vuestras Alianzas Jurásicas"

Cualquier tiempo pasado…

11 de marzo de 2015

Vuelta a las cloacas

Hay veces en las que afrontar el vacío espacio de una hoja de papel es muy complicado.

Hoy es, era, y será 11 de marzo. Otra vez, como en un maníaco repetir de los acontecimientos, la fecha aparece desafiante en el calendario. Como diciendo “vuestra vida sigue, pero siempre recordaréis el día de hoy”

Tal vez la cercanía en el tiempo de los acontecimientos de París me invite a aceptar el desafío de esta hoja de papel en el día de hoy; desafío rechazado en los últimos años por una agenda más preocupada en asumir la distancia, lo dejado atrás, y los retos de una nueva etapa.

Pero decía que es 11 de marzo. Creo que, de alguna forma, desde aquella mañana a las 7.40, en mi vida no ha dejado de ser 11 de marzo. Unos días más, otros menos; pero siempre, o muy habitualmente, ha habido un hueco entre mi actividad diaria para dedicar un minuto a reflexionar sobre lo ocurrido aquel día. Uno coge todos los días su camino al trabajo con la pereza de esas primeras horas, esperando encontrarse la desgraciada cola antes de entrar; pero no espera encontrarse con una pesadilla de cadáveres por los suelos y trenes por los aires.

El tiempo pasa, perdonando o sin perdonar, ofreciéndonos la oportunidad de adquirir una nueva perspectiva en la visión que tenemos de las cosas. 11 años después, la mirada se detiene en el momento que marcó un antes y un después en la concepción de la política, la democracia, y lo que un vocabulario grandilocuente gustaría en llamar, “los asuntos de Estado”.

11m

Y rebuscando en los rincones de la memoria, esa es la imagen que aparece en primer lugar cuando recuerdo el Jueves, 11 de Marzo de 2004. En ese tren iba gente a trabajar, ahora cubiertas por mantas que tapan en parte las consecuencia de la barbarie; un policía se acerca a los restos; y el amasijo de hierro que antes era un medio de transporte se convierte en un punto de inflexión.

TODOS ÍBAMOS EN ESOS TRENES

11 años después, tengo claro que España se quedó sola  apenas unas horas después de los atentados.

Si tuviera la ocasión de acercarme a algunas de las autoridades protagonistas de aquellos momentos, tengo claro lo que les preguntaría.

A los miembros de entonces del Partido Popular, sentados en torno a su mesa en Génova, les preguntaría por qué no reunieron a los representantes de todas las fuerzas políticas legales que formaban parte del Congreso en ese momento. Un asunto de Estado merece tratarse como un asunto de Estado y no como una simple crisis de Gabinete. Les preguntaría, además, qué les motivó a ofrecer las pesquisas como información veraz; y les preguntaría por qué no convocaron una rueda de prensa urgente para decir “no sabemos lo que está pasando; no podemos decirles lo que está pasando porque nuestras fuentes no nos están informando de forma clara” ¿No había otra forma de hacer las cosas?

A los responsables de entonces del Partido Socialista, sentados en torno a su mesa en Ferraz, les preguntaría por qué aceptaron en el escenario político las palabras de un interlocutor destacado de la banda terrorista. Por qué sí tuvieron en cuenta las palabras en las que Otegi señalaba que no había motivos para asociar al terrorismo abertzale la barbarie del 11-M, y no consideraron las palabras de los responsables del Gobierno. Les preguntaría si a día de hoy pueden reconocer que actuaron con madurez democrática acusando al Gobierno de mentir en la jornada de reflexión de las Elecciones Generales. ¿No había otra forma de hacer las cosas?

A los encargados de recoger las muestras de los trenes, reunidos en su laboratorio, les preguntaría “¿Por qué tanta prisa?”. Les preguntaría por qué les urgió tanto destruir los trenes, lavar las pruebas, limpiar los restos. Toneladas de trenes destruidas para siempre en cuestión de horas; ¿por qué?

A los policías, encargados de custodiar las pruebas recogidas, les preguntaría si a día de hoy pueden reconocer que actuaron con profesionalismo al no mantener la cadena de custodia de pruebas en el traslado de las mismas. ¿Es esa la forma con la que habitualmente se tratan todas las pruebas de los crímenes en España?

A los jueces, encargados de juzgar a los culpables, les preguntaría si están verdaderamente satisfechos con la Sentencia de dichos atentados. Me refiero a la satisfacción, no ya de un profesional que “ha cumplido”, sino a la de un familiar contento con la Sentencia sobre el asesinato de uno de los suyos. ¿Están verdaderamente satisfechos?

La vida de 192 personas, y la de todos los españoles, contó mientras contaba para el resultado de unas elecciones; de igual manera que la vida de las víctimas de ETA y la de todos los españoles, contó mientras contó para el resultado de las elecciones. La casta, que un pedante en forma de falso mesías afirma ser el primero en descubrir, ya existía entonces y así nos dimos cuenta muchos la mañana del 15 de Marzo de 2004. Esa casta pudo haber hecho muchísimo mejor las cosas, pero el resultado de las elecciones importaba demasiado como para que el respeto y la dignidad nacional fueran mantenidas.

192 personas perdieron la vida yendo a trabajar la mañana del 11 de Marzo de 2004. La historia ya se la saben. Esa mañana se descubrieron los bajos fondos, las cloacas y la basura que asoma cuando el poder político alcanza una dimensión tal que el ganar unas elecciones importa más que la vida de la gente. Por eso no hubo reparos en no impedir (antes al contrario, animar y jalear) que la gente saliera a la calle a llamar asesino a su propio Gobierno. Por eso el Gobierno de entonces no pudo mantener las formas democráticas hasta el final.

Todos íbamos en los Cercanías que explotaron el 11-M porque los que no murieron esa mañana han ido ahogándose, lenta y dolorosamente desde entonces, descubriendo que las mentiras valen, si valen para ganar unas elecciones. España se quedó sola, porque sola se queda una nación cuyas autoridades gestionan las crisis para su propio beneficio y no para el de los ciudadanos. Tanto quisieron barrer para casa que al final, once años después, el silencio mediático, institucional y político es absolutamente deleznable. Tal es la vergüenza que en el Bosque de los Ausentes, por dedicar, le han dedicado un árbol a la Verdad. Por cumplir, que no quede.

¿Quieren revivir uno de los más tristes y lamentables episodios de la manipulación a la que España, el pueblo español, se vio sometido aquellos días? Dos frases quedan para el recuerdo, epitafio de un homicidio que no debería repetirse jamás y que, por desgracia, no está lejos de repetirse de nuevo visto el cariz de los últimos acontecimientos.

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“No había ningún signo indiciario, ninguna huella, ninguna traza, que nos hiciera pensar que entre nuestros muertos había terroristas suicidas”

Carmen Baladía, directora del Instituto Anatómico Forense, en una entrevista a Luis del Pino, en Libertad Digital

“Fuentes de la lucha antiterrorista han apuntado a esta cadena de emisoras la posibilidad de que al menos un terrorista suicida se haya inmolado en uno de los trenes”

Iñaki Gabilondo, director de los Informativos de la Cadena SER

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En la distancia te llevo, te guardo y te lloro, España.